La bici y la herida

La bici, el amor y la herida (1)

Durante 2013, el artista multifacético Armando Vega Gil (1955-2019) compartió con CLETOFILIA una serie de tres capítulos de una noveleta en la que la amistad, el amor juvenil y la bicicleta son sus protagonistas.

Foto: EU Civil Protection and Humanitarian Aid en Flickr CC BY-NC-ND 2.0

Publicados originalmente en la edición impresa de nuestra revista, ahora los compartimos en nuestro sitio web.

Llevo la huella una bicicleta dentro de mí a través de una herida.

Esta afirmación que, más que una descripción médica, pinta para poema cursi-surrealista, es absolutamente cierta. ¿Será?

Habría que apuntalar el verso con una bicicleta invertida, pero ya sería demasiada literatura.

El otro ingrediente de la receta tremendista: un niño solitario que juega en la oscuridad de un cuarto de cachivaches y que descubre que para él no existe el amor. ¡Zas!

El chico tiene de cabeza la bici, con el manubrio contra el piso como soporte, y da vueltas a un pedal con la mano.

«Es como una rueda de la fortuna», piensa sonriente al ver girar la llanta y tararea una canción tonta cuando, en un descuido, deja ir los dedos por la cadena, como si fuera un grupo de usuarios en la feria de la colonia.

De pronto, para su sorpresa… un estallido de aceite, un dedo prensado entre la cadena y la estrella, sangre, una uña despedazada, hilacho de carne, pero, ¿y el hueso?

El chamaco abandonado, herido del cuerpo y del amor, por supuesto, soy yo a los 10 años.

El amor vivía a metros de mi casa, en la esquina de un conjunto de casitas clasemedieras, acomodadas como chorizo, de la Jardín Balbuena.

Ella, el amor, se llamaba Ángeles. Era rubia y azul de un ojo, algo insólito para nuestros prietos genotipos chilangos. Venía de Mazatlán a vivir una temporada con su tía doña Cuca, la cómplice de mi mamá.

La escuincla se veía preciosa con su falda tableada azul marino y su blusa tan planchada y blanca: seguro que ella la mantenía así.

Ángeles se había inscrito temporalmente en sexto en mi pinchurrienta primaria. Yo iba en cuarto, por lo que me miraba, cuando se dignaba a bajar la vista a mis profundidades, con un desdén que era la reacción equivalente y en sentido contrario a mis ojitos enamorados.

Era la prima de mi querido y odiado Mario, lo cual hacía que ella me despreciara aún más. Cuando intentaba visitar a Mario o cruzarme con él cuando la acompañaba a comprar las tortillas, todo se volvía confusión, tartamudeo, ganas de chillar como perro y yo salía corriendo como si tuviera un encargo urgente.

Con Mario y Luis, teníamos un escuadrón de ciclistas que andábamos de arriba a abajo en una enorme mancha residencial libre de tráfico automovilístico en un DF difícil imaginar hoy.

Todo era andadores, patios, jardines. El peatón era el rey… y los ciclistas, los príncipes que amarrábamos globos a la vaina del triángulo posterior de nuestros biciburros para que, al girar la llanta, el globo golpeteara con los rayos para rugir como una motocicleta.

Mi gran sueño era pedalear así por ese paraíso junto a Ángeles, echar carreritas, derrapar la llanta metiendo freno y ladeando el animal, piruetas ridículas y básicas, ¡qué importa!

Yo quería pasar por Ángeles a su casa e invitarla dar la vuelta… pero no, no había bicicleta para ella, por ejemplo, una pintada de rosa y con el cuadro bajo para dejar caer su falda tableada, mas aunque la hubiera, ella no sabía andar en bicla.

Pero, ¡cómo!, «¡Yo te enseño», le decía en silencio, al otro lado del jardín, cuando soltaba el volante y manejaba sin manos, acrobacia estéril que jamás la deslumbró porque ella pensaba en algún guapo que había dejado junto al mar jugando bolibol de playa.

Era tan hermosa que la rondaban moscas de secundaria y tábanos de prepa… y yo era un moco que anhelaba subirla a los diablitos de mi bicicleta y llevarla al zócalo de la escuela para dar vueltas inútilmente, para reír felices.

Pero ahora no había felicidad: el niño que tenía prensado su anular en el engrane de los pedales no podía creer lo que pasaba, ¡era una broma!

Sí, una broma, y quise echar esa historia en reversa, con simplemente darle para atrás al pedal, pero mi dedo estaba reventado.

No había nadie en mi casa, ni mi madre, ni mi padre, ni mi hermano que seguramente apedreaba los pajaritos de la Balbuena.

Salí al patio de mi casa, buscando a alguien que me salvara. En el desierto, Ángeles de pronto apareció con paso firme y su falda tableada, cruzando la banqueta como una diosa europea.

Fue la primera vez que la vi directo a los ojos. Le pedía ayuda sin palabras, le dije que la amaba con mis sollozos, pero me miró con asco, viendo esas lágrimas de nena correr por mis mejillas. Se siguió de largo.

Pensé que se iba a compadecer de mí, que iba a correr por un adulto para que me auxiliara. ¿No vio mi dedo ensangrentado?

No, sólo reparó, ofendida, en que la había mirado directo a los ojos. ¡Qué atrevimiento! ¡Y llorando! Pinche escuincle feo.

Y quedé allí, en el desamparo, muerto de miedo. Avergonzado, con una huella de bicicleta dentro de mi piel y mi alma.

(Continuará)

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