Ciclista pedalea bajo la lluvia

Te amaré y respetaré hasta que el diluvio nos separe

Nunca he sido una observadora de las estaciones, en parte porque en esta ciudad se vive en un limbo climático, templado la mayor parte del tiempo. Sí, a veces hace frío y se vuelve el pretexto perfecto para ir vestido de saco de dormir a la oficina y desear no haber salido de  la cama.

Texto: @yokoyani

Pero el frío no es lo que me perturba en realidad, a veces hasta me inspira cuando salgo en la mañana en la bici, uno llega con su propio sistema de calefacción a su destino. Es la lluvia, que aunque me encanta y  me hace la chamba de regar las plantas, me ha convertido en una psicótica loca,  en la “loca de la lluvia”. Ahora vivo obsesionada con observar el cielo, sacar la mano por la ventana antes de salir de casa y revisar el estado del tiempo, que por más que repase distintas fuentes, al final no sabes qué clima va a tocar o mejor dicho, cuánta lluvia te va a tocar, porque el pronóstico es tan  poco preciso que es incapaz de darte una certeza en la vida.

Lo que sí sé es que eventualmente lloverá, igual que sé que todos nos vamos a morir, sólo que no sabemos cómo ni cuándo, y teniendo esta certeza pluvial en mente,  todos los días pienso en cómo haré  para regresar lo más seca posible a casa.

Así llegó el día en que, contra de todo pronóstico, salí decidida a que el clima cambiaría y que las predicciones fallarían. Uno de esos días en los que no amanece tan mal y confías en que al final será una llovizna pasajera.

5 de la tarde, comienza la lluvia torrencial, el diluvio, ves como comienzan a hacerse puntos de “splash zone” como de parque acuático en la que pasan los autos mientras los de a pie esquivamos las divertidas olas. Después de un par de horas no cesa de llover y decido emprender camino, me resigno a dejar la bici y acepto el generoso aventón que me ofreció un amigo del trabajo, quien por lo regular es un peatón de corazón pero que por azares del destino decidió, justo ese día, usar un auto prestado bajo la falsa premisa de que en auto llegaría más rápido a una cita que tenía saliendo del trabajo y en parte para ir más cómodo.

Nos vimos obligados a correr unas cuadras hacia el auto intentando cubrirnos con  lo que podíamos,  finalmente protegidos y cómodos arrancamos hacia nuestros destino que no quedaba a más de 7 km. Avanzamos veinte metros y después de estar platicando unos treinta minutos, nos dimos cuenta que no recorrimos ni un metro más, permanecimos varados en el mismo lugar por más de una hora. Obvio lo tomamos con actitud, pasamos de platicarnos miles de cosas y ver videos, a bostezos, silencios, mentadas de madre,  echarle bronca a los otros autos,  tener hambre y ganas de hacer pipí.

Después de tres horas, finalmente estábamos  más cerca de nuestros destinos. En algún punto  se nos ocurrió lo peor, buscar caminos alternos, el camino fácil, pero eso no existe en esta ciudad, además de que ese mismo camino se le ocurrió a otros cientos  de conductores desesperados.

Lo peor es que a los 30 minutos de salir, la lluvia cesó a diferencia del tráfico, durante todo el camino tuve el impulso de bajarme del auto, tomar una bici y llegar en 20 minutos a mi casa. Pero en esas circunstancias, dejar a mi amigo en el tráfico era como el dejar a un herido de guerra a mitad del fuego cruzado. Así que resistí estoicamente junto a él.

Sé que en esta ciudad el tráfico es así, hostil, pero a los  que nos movemos en bici “eso” no nos pasa,  siempre me toca estar del otro lado, miro compasivamente a los pobres conductores que deciden pagar una cantidad absurda de dinero por un medio de transporte “cómodo” pero ineficiente y  hasta me admira la actitud heroica que tienen  los automovilistas de perder deliberadamente su vida en el tráfico. ¿Cada quién, no?

Al día siguiente que nos encontramos mi amigo y yo,  con una mirada cómplice, recordamos ese día como uno muy muy lejano, nos prometimos nunca más subirnos a un auto para regresar a nuestras casas, nos sentimos engañados y ultrajados por la falsa promesa ante la que sucumbimos; prometimos que a pesar de las condiciones adversas de un clima lluvioso, no permitiríamos nunca más traicionar nuestros principios de movilidad.

Él volvería a ser el peatón de corazón y yo la ciclista entusiasta de siempre.

3 comentarios
  1. Juan Antonio Moreno
    Juan Antonio Moreno says:

    Es que la puta lluvia aquí si está bien cabrona, la neta yo no salgo en bici cuando llueve. Es más “cómodo” el carro porque no te mojas y ya.

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  2. Héctor
    Héctor says:

    Muy buen relato, me sentí bastante identificado, a diferencia de que me vale si está lloviendo, siempre uso la bicicleta, porcierto que necesito algunos accesorios para la lluvia, saludos!

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  1. […] Fotografía de portada: Cletofilia […]

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