Ilustración: María José Sendra

San Pablo, donde bicis y mujeres son la venta de diario

Tatiana Maillard nos comparte un retrato de la calle San Pablo, tan emblemática como mística en el mundo del pedal.

Ensayo: Tatiana Maillard | Ilustración: María José Sendra

En ambos lados de la calle verás locales de venta de bicicletas. Y verás prostitutas. No es que sea lo único que existe en la calle de San Pablo. Está el mercado de La Merced. Hay restaurantes que anuncian con orgullo su “ambiente familiar”. Hay una parroquia y un hospital. Hay fachadas gloriosas de otros siglos, de las que no queda más que eso: la fachada. Hay edificios decadentes, donde las bolsas de plástico suplantaron los cristales de las ventanas en algún momento. Sí, hay otras cosas.

Pero casi toda la calle está cercada por tiendas de bicis y accesorios para el ciclista. Y prostitutas. Siempre hubo prostitutas. La bicicleta de pedales se inventó en 1839 y desde entonces ya se consideraba a la prostitución un oficio antiguo. Cuando tú te rompías el hocico la mañana que tus padres le quitaron las rueditas traseras a tu primera bicicleta, ellas ya estaban ahí. Las prostitutas llevan más en la tierra de lo que tú durarás vivo. Las prostitutas llevan más en La Merced que cualquier vendedor de cámaras de refacción para tu bici.

En una calle donde la velocidad de los autos y los peatones contrasta con la quietud e inmovilidad de las bicicletas en exhibición, las prostitutas se erigen como la imagen de El Tiempo. Ellas lo han visto transcurrir, han envejecido con él y lo han matado cuando el aburrimiento lo amerita. De vez en cuando el tiempo debe volverse un compañero tedioso y quizá por eso revisan su celular, o hablan entre ellas, o se sustraen del monótono sonido de la calle con unos audífonos conectados a quién sabe qué música secreta.

Las prostitutas trabajan con el tiempo y la paciencia. Tiempo requiere el maquillaje, el alaciado del cabello y la elección de las prendas. Paciencia requiere tomar una esquina, una jardinera o un poste e iniciar la espera. ¿Cuánto? ¿Sí? ¿No? ¡Adiós! No se demoran mucho en el intercambio de monosílabos con los potenciales clientes. Si no les parece, váyanse de aquí. Nadie ganará, pero al menos nadie habrá perdido tiempo. ¿Cuánto? Bueno, ¿Dónde? Yo te llevo. En cuestión de segundos cierran el trato y guían al cliente abriéndose paso entre los distintos modelos de bicicletas que cuelgan en exhibición y entre la marea de rostros anónimos cuyos rasgos nadie recuerda y a nadie importan.

Mientras llega un nuevo cliente, el tiempo se vuelve ese tránsito paquidérmico y pesado de minutos a los que se enfrentan de pie, con la espalda erguida y los ojos yendo de un lado a otro en busca de un rostro interesado. O con los brazos cruzados y la mirada perdida en el fastidio. O en grupos de mujeres de mayor edad, acompañándose en silencio. Una espera ante la que no es necesario poner buena cara, sino, en todo caso, mantener la firmeza.

El tiempo es valioso y no falta aquel que no le dé su debida importancia.

—Vámonos, te invito a comer—, le dice un hombre a una prostituta que roza los cincuenta años.

—Ná—, responde ella sin siquiera verlo, con los brazos cruzados sobre el vientre redondo.

—Ándale, ¿por qué no?

No tienes idea si se conocen, si acaso son amigos. Pero de manera vaga intuyes que ella no está interesada en dar su tiempo, o en perderlo, o en malgastarlo. “Ya comí”. Dice, como un sutil eufemismo de “no me estés chingando”. Es necesaria la indiferencia para ahuyentar a los imprudentes, para proteger el tiempo, el horario de labores, los minutos que podrían representar una ganancia económica; pero que también corren el riesgo de desperdiciarse en perder la mirada al otro lado de la acera, donde además de locales de bicis y refacciones, de algunas loncherías y de vendedores ambulantes, hay más compañeras de oficio , con distintas complexiones y edades, ocupando el lugar que tuvieron otras como ellas antes, continuando un oficio más viejo que la invención de los relojes para medir el tiempo y de las bicicletas de pedales.

Ilustración: Víctor Solís

Ilustración: Víctor Solís

Related posts:

3 comentarios
  1. rick
    rick says:

    Un excelente pretexto…pero creo q te falto mucho…no conoces San Pablo…los oficios ..las tradiciones…las bicicletas….pero no las bicicletas solamente ….son los vehículos de trabajo …de la zona y de México…ahí lllegan de todo México…desde el panadero al mecánico….desde el niño q desea su primer bici hasta la bicicleta del hobby…y las muchachas…mmmm las muchachas de todo México…las q duermen de pie…las q hacen fogatas…en invierno y enero…y no son restaurantes….son fondas…piqueras….un día si gustas te doy un tour por la zona y así también conoces Atea..donde la propuesta de eli de bicla…crea sus bicicletas…hay mucha historia sobre san Pablo…

    Responder

Escribe tu comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Agradecemos tu participación.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *