Salsa en molcajete

Moverse en bici es como hacer salsa en molcajete

O dicho desde otra perspectiva, usar la licuadora para moler unos jitomates con chile y ajo, emplea el mismo exceso de energía que sacar el auto de la cochera para ir al cine que te queda a menos de tres kilómetros…





¿Se han puesto a pensar cuántos inventos (algunos útiles otros pasados de inútiles) usamos todos los días?

Fierro viejo que venda…

Una buena mañana se me descompuso el horno de microondas y caí en pánico. Ese aparato electrodoméstico que fue todo un acontencimiento el día que llegó a casa de mis papás, y que me salvó de morir de hambre durante mi época de universitario, había muerto.

La caja de metal… no servía más. Hasta que una tarde el icónico canto-anuncio ” se compran, lavadoras, refrigeradores…” me persuadió a tal grado que bajé con el microondas entre las manos, lo entregué y estiré el brazo para recibir el dinero a cambio.

Creí que por lo menos me alcanzaría para una cerveza, pero sólo me dieron 10 pesos. “Es puro plástico joven, casi no traen fierro”.

Esa misma noche me calenté un vaso de leche en un pocillo. ¿Aún recuerdan esa palabra? No tardé más de dos minutos en tener mi vaso caliente. Desde ese entonces (7 años ya) no he vuelto a usar un microondas para calentar una quesadilla, un sandwich o un vaso de leche.

moverse en bicicleta

Esto es un pocillo, y sirve para calentar líquidos en la estufa. ¡Hola pocillo!

Molcajete

Hace dos días saqué de uno de los cajones de la alacena un molcajete. El antecesor prehispánico de la licuadora. Llevaba toda su vida guardado. Había cosechado unos chiltepines en mi azotea y se me antojó hacer una salsa y usar ese artefacto que no usa corriente eléctrica y es de piedra volcánica, no de plástico y metal.



Era un día en el que tenía tiempo, y  con el temor de que moler los jitomates con el ajo y los chiles sería una odisea, comencé a machacarlos. Tardé 10 minutos contando que al final lavé el molcajete.

Al terminar de desayunar, mi esposa vio el molcajete en el escurridor de trastes y se sorprendió al darse cuenta que la salsa no la había hecho en la licuadora. “Sólo machaqué dos jitomates, ajo y chile”, le respondí también sorprendido por lo fácil que había sido.

En realidad, de lo que estaba sorprendido era de ¡haber usado mi brazo y mano derecha para hacer una salsa! En serio me sentí útil.

Fue justo cuando pensé que andar en bici es exactamente lo mismo. Es moverte por ti mismo, volverte útil nuevamente. Darle la oportunidad a tu cuerpo de funcionar.

moverse en bici

Y este es un molcajete, sirve para machacar alimentos, principalmente verduras. ¡Hola molcajete!

El auto y tantas cosas más

Luego de esta iluminación celestial venida a mi gracias a un molcajete  y ocho chiltepines, me di cuenta de la cantidad de cosas que hacen olvidarnos de nuestras cualidades más básicas. Y lo peor de todo, ¡que pagamos por usarlas!

Un cepillo de dientes eléctrico, en lugar de mover la muñeca.

Un segway, en lugar de caminar.

Un abrelatas eléctrico (este es el colmo), en lugar de mover la mano y el brazo.

Un automóvil para ir al bar, al cine, con la novia…, en lugar de la bicicleta

Google maps para moverte en tu propio barrio, en lugar de preguntar al señor de la tiendita…

Si no lo usas eres jípster

Seguramente cuando dije que había hecho una salsa en molcajete con chiles cosechados en mi azotea, el 99 por ciento de quienes están leyendo esto me tachó de jípster.



Y es de esperarse. Salirse de la hiper industrialización sería tan peligroso como hacer creer a los niños que no existen los Reyes Magos… Así que hay que señalarlos de algún modo.

Llamemos jípster a todo aquel que vaya al mercado en lugar de ir al hiper-mega-súper-mercado (Costco, Sam’s) a comprar un paquete de 10 latas de salsa y luego regresar odiando al tráfico de la ciudad.

Llamemos jípster al que se fije que la manzana diga “hecho en México”, en lugar de “Washington, USA”.

Llamemos jípster al que se mueve en bicicleta en lugar de comprar un automóvil que sustente su éxito como persona y su virilidad.

Llamemos jípster al que no usa todo tipo de artefactos con motor y usa la energía de su cuerpo para resolver las tareas más sencillas: como mover las piernas para caminar, por ejemplo.

Y también llamemos jípster al que ya adoptó la palabra hipster y la sometió a las reglas ortográficas del español.

Y a los que odiamos el reguetón, y los que no cambiamos el celular cada año y los que no usamos camisa polo y pantalón kaki los viernes casuales…

¡Todos son unos hipsters!

Y sí, antes de escribir esto en mi computadora, escribí la idea en una libreta con hojas de papel y usé toda mi mano derecha para arrastrar una pluma, y me sentí muy bien.

Vivan pues los jípsters que aún mueven el cuerpo. Y como diría Galeano (sí, ya sé, leer libros también es de jípster):

“Pobres, lo que se dice pobres, son los que no tienen tiempo para perder el tiempo.
Pobres, lo que se dice pobres, son los que no tienen silencio ni pueden tenerlo.
Pobres, lo que se dice pobres, son los que tienen piernas que se han olvidado de caminar, como las alas de las gallinas que se han olvidado de volar.
Pobres, lo que se dice pobres, son los que comen basura y pagan por ella como si fuera comida.
Pobres, lo que se dice pobres, son los que tienen el derecho de respirar mierda, como si fuera aire, sin pagar nada por ella.
Pobres, lo que se dice pobres, son los que no tienen más que la libertad de elegir entre uno y otro canal de televisión.
Pobres, lo que se dice pobres, son los que viven dramas pasionales con las máquinas.
Pobres, lo que se dice pobres, son los que son siempre muchos y están siempre solos.
Pobres, lo que se dice pobres, son los que no saben que son pobres”. Eduardo Galeano.

PD: Galeano, eras bien jípster wey. Y además tomabas mate y usabas máquina de escribir. ¡Pues qué querías, era uruguayo, toman mate! Bueno, pero hay que llamarle de algún modo, no sea que más personas quieran ser como él y dejen de consumir idioteces…

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