Rinocerontes ciegos

Rodar entre rinocerontes ciegos

Debemos aceptar que en la jungla de asfalto nos tocó ser la especie ligera y ágil que se escabulle entre rinocerontes de diferentes calibres. Al menor contacto con ellos salimos disparados mientras ellos siguen su camino. 

Ya lo ha dicho antes alguien más, Óscar Patsí en su libro La revolución de las mariposas describe a los automóviles como rinocerontes y a los ciclistas como mariposas.

Es un excelente símil decir que los automovilistas se convierten en rinocerontes, pero en las ciudades de México estos rinocerontes son endémicos, tienen una peculiaridad que hace que las mariposas y el resto de las especies más ligeras y ágiles deban extremar sus precauciones.

En un país donde las luces direccionales están de adorno, la licencia de conducir es sólo un sustituto del INE para comprobar tu mayoría de edad y la autoridad de tránsito es de papel, los (y las) automovilistas son rinocerontes… ¡ciegos!

Tómalo como consejo

Cuando me preguntan qué le recomendaría a alguien que va a comenzar a trasladarse en bici por la ciudad, para que lo haga de manera segura, mi respuesta es: “imaginen que van entre rinocerontes ciegos”.

Son grandes, pesados, la mayor parte del tiempo tienen movimientos torpes y nunca, nunca, en serio nunca te ven. Son ciegos.

Pero no te dejes engañar, en el momento menos esperado, el rinoceronte aparentemente obeso y lento arranca a toda velocidad.

Jamás esperes que te vaya a dar una señal anticipada de sus movimientos. No esperes que se detenga porque estás pasando frente a él, es ciego. Si de pura casualidad encendió su luz direccional izquierda, no te fíes, podría dar vuelta a la derecha.

No te enojes, así son

Me he topado con muchas personas que detienen su andar ligero y feliz para intentar comunicarse con un rinoceronte ciego.

Es inútil, cada especie nace con unas características específicas y tratar de cambiarlas en lo que dura la luz roja en el semáforo es tarea imposible.

Mejor intentemos comunicarnos con las autoridades pertinentes y exijamos que ellos, quienes presumen de hablar el mismo idioma que los rinocerontes ciegos, hagan su trabajo. Y no quitemos el dedo del renglón, ellos son quienes tienen que bajar a los rinocerontes de las banquetas, sacarlos de las ciclovías y jalarles las orejas cuando corran despavoridos y sin control.

Las personas que viajamos en bicicleta tenemos otra misión en la jungla. Nosotros le damos oxígeno a la ciudad, la movemos de manera amable y le reducimos decibeles.

Detenernos a pelear, manotear y brincar frente a los rinocerontes ciegos, sólo nos distrae y nos arruina.

A mi me ha funcionado

En 8 años de trasladarme en bicicleta bajo el entendido de que voy entre rinocerontes ciegos, he podido librarme de cualquier accidente… hasta ahora.

Han sido 8 años de no visitar el piso ni una sola vez. Y aunque sé que no todos los “accidentes” son culpa de los mamíferos placentarios de motor, creo que si rodamos sabiendo que ellos no pueden vernos, podemos librarnos de muchos percances.




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