Las ciudades tienen género II

En la última entrada de estas #Intersecciones escribí sobre el género, aquello que nos dicen la sociedad y cultura que debemos o podemos ser y hacer por haber nacido con determinados genitales, y su relación con la movilidad.

Concluía que:

“El género influye en las actividades que realizamos hombres y mujeres, estas actividades se llevan a cabo en lugares diferentes y llegamos a ellos en modos de transporte también diferentes”.

Texto: Efraín Tzuc

El mito de la elección

En términos generales, el trabajo doméstico y de cuidado es predominantemente realizado por las mujeres. En su mayoría, las mujeres caminan y utilizan el transporte público. Sus viajes son más cortos que los realizados por los hombres y con múltiples propósitos. Por su parte, los hombres utilizan mucho más vehículos motorizados (automóvil y motocicleta) y la bicicleta en comparación con las mujeres, y sus viajes comúnmente tienen un solo destino (el trabajo o la escuela, por ejemplo).

La pregunta que las urbanistas no se han hecho y que es necesaria plantearla para transitar hacia una verdadera igualdad en el acceso a bienes y servicios de forma permanente, cómoda, segura, económica y sostenible, es ¿por qué existen estos patrones de movilidad diferenciados por género?

Posibilidades monetarias

Antes vimos que las mujeres tienen una tasa de participación laboral menor que los hombres, además el ingreso promedio por hora es mayor para los hombres sin importar la escolaridad (INEGI, 2013). Es decir, las mujeres ganan menos dinero que los hombres, en términos generales. Esta condición podría explicar parcialmente la razón por la que sólo el 26% de los hogares con jefas de familia tengan un automóvil o camioneta, mientras el 35% de los hogares con jefes de familia cuentan con al menos uno de estos vehículos y que las mujeres elijan modos de movilidad más económicos, como el transporte público y caminar.

El motivo del viaje

Considerando que son las mujeres quienes mayormente realizan actividades relacionadas al hogar y el cuidado, es lógico pensar que utilizarán vehículos que les permitan llevar carga (alimentos, artículos de limpieza) y en compañía (niñas, personas con alguna discapacidad, etc.). Si no se cuenta con automóvil o camioneta, como es el caso de la mayoría de las mujeres, el vehículo que podría permitir con menor dificultad cumplir con las necesidades del viaje sería el transporte público. Si además consideramos que los viajes que las mujeres realizan son de distancias cortas, caminar también es una opción para algunos de estos fines.

La bicicleta en mucho casos queda descartada para estas tareas por la dificultad y habilidad que implica ir con otra persona en el mismo vehículo o llevar una carga adicional. Digamos que aún no hay modelos económicos de bicicletas que consideren estas necesidades.

El motor masculinizante

La relación entre el hombre y el automóvil es una interesante manera de analizar la masculinidad como construcción social que llega al absurdo. A los hombres se nos ha enseñado a que debemos reafirmar nuestra masculinidad todo el tiempo y que correr riesgos es una excelente forma de hacerlo. La ecuación es la siguiente: riesgo = valentía, valentía = ser hombre. O sea, mientras más riesgos corremos, más hombres somos. Eso nos ha costado muchísimas vidas.

Además de las cuestiones económicas que limitan el acceso de las mujeres a los vehículos de motor, es necesario considerar que este tipo de vehículos se ha convertido en una “necesidad masculina”[1]. Así que tal vez la aspiración de las mujeres para tener un vehículo motorizado sea menor que para los hombres. Por otro lado, es tan serio el aprendizaje de este rito de masculinidad, que a los hombres nos enseñan a manejar vehículos motorizados muy jóvenes, mientras que muchas mujeres nunca tienen la oportunidad de hacerlo.

Percepción de riesgo[2]

Salir a la calle implica exponerse a riesgos diferentes de acuerdo al sexo. Personalmente no me cayó el veinte hasta que una amiga cercana, mientras buscaba algo dentro de su bolsa, sacó un gas pimienta, cargaba con él cada que salía de noche. A esa anécdota se han sumado varias más de compañeras que tienen diseñadas estrategias diversas para salir dependiendo de la hora, el vehículo, la zona, etc. Es importante señalar lo siguiente: estas estrategias son para protegerse de posibles hombres agresores.

Y es que las cifras respecto a la violencia sexual y el acoso callejero son tristemente contundentes: 9 de 10 mujeres han sufrido algún tipo de violencia sexual mientras se transportaban (ONU – Hábitat, 2015). La información más accesible sobre el tema proviene de la Ciudad de México, en donde el 90% de las denuncias de los módulos de seguridad del Metro son referentes a violencia sexual. Por otro lado, en la Encuesta sobre Transporte Público en la Zona Metropolitana de la Ciudad de México, se obtuvo que el 48% de las mujeres participantes denunciaron que han sido víctimas de algún tipo de violencia sexual. En Mérida, la colectiva Reflexión y Acción Feminista al preguntar a las asistentes a un taller de autodefensa feminista cuál era la razón por la que decidieron inscribirse, las respuestas de la mayoría tenían que ver con su seguridad en los espacios públicos, pensando justamente en los posibles hombres agresores.

Otras investigaciones han demostrado que las mujeres valoran mucho aspectos relacionados a la iluminación o el tránsito peatonal en sus traslados, así como el horario de los mismos. En el caso de la movilidad ciclista, también hay una relación entre la infraestructura y el porcentaje de viajes en bici realizados por mujeres.

En resumen, y generalizando, la percepción de seguridad influye muchísimo en las decisiones sobre la movilidad que las mujeres toman. Sin embargo, la situación es compleja porque las mujeres están en mayor riesgo de ser violentadas por hombres en los modos de movilidad que utilizan con mayor frecuencia por cuestiones económicas y por las motivos del viaje: el transporte público y caminando.

Desigualdad

Pasar de lo técnico a lo cotidiano a veces nos cuesta mucho. Las diferencias en cuanto a la movilidad de hombres y mujeres dejan en evidencia la desigualdad y opresión de nuestras sociedades. Por un lado debemos criticar la división sexual del trabajo que obliga a las mujeres a realizar ciertas actividades que socialmente son menos apreciadas y no remuneradas aunque importantísimas, y por otro, reconocer que no podemos ignorar la situación actual, no podemos seguir diseñando las ciudades sin considerar que el género influye en cómo, cuándo y hacia dónde nos movemos. No podemos aún hablar en términos de igualdad cuando hay sectores de la sociedad, incluso mayoritarios, como es el caso de las mujeres, sobre las que arrastramos deudas históricas. Es realmente lamentable que el vehículo más adecuado para las mujeres en términos de seguridad sea el automóvil, un vehículo tan nocivo para la salud de las ciudades, y que las otras opciones accesibles para la mayoría de ellas impliquen dificultades y riesgos.


*Efraín Tzuc (@efra_tzuc). Ciclista, nutriólogo y feminista. Colabora con el Observatorio de Movilidad. Sostenible de Mérida (@MovilidadMerida) y con la Red Nacional de Ciclismo Urbano de México (@BiciredMx).

Correo: efrain.tzuc@gmail.com

[1] La publicidad del mercado automotriz también ha mutado para “satisfacer” las nuevas demandas de las mujeres trabajadoras y encargadas de las cuestiones del hogar, ofreciendo vehículos espaciosos en los cuales llevar a hijos e hijas, reforzando estereotipos de género. A pesar de ello, la oferta es mínima comparada con los vehículos veloces y “sexys” para los hombres.

[2] Indudablemente habrá otra entrada de estas #Intersecciones para ahondar en este tema del acoso callejero y la seguridad en el espacio público con perspectiva de género.

Foto de apertura: Jim Penucci, Creative Commons Atribution 2.0 Generic

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1 comentario

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  1. […] Lo que más me llamó la atención es que fueran precisamente mujeres las que me preguntaran. Dos de ellas querían un vehículo para llevar a sus hijos a la escuela. La otra quería uno para pasear con su perro al frente y que la acompañara al supermercado. Hay mucha lógica en que las mujeres busquen diferentes modos de transporte, pues son quienes mayor diversidad de actividades realizan. […]

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