Neociclistas

La #MafiaDelPedal responde: ¡queremos más neociclistas!

Ari Santillán* nos comparte esta reflexión a propósito de la columna que publicó hace unos días el columnista Roberto Fuentes Vivar. 

Respuesta a la columna “La mafia de los neociclistas” escrita en el espacio “Las otras competencias” por Roberto Fuentes Vivar.


Al contrario que en algunos países europeos donde el ciclismo urbano tuvo su auge empujado por el ciclismo deportivo (¿quién no quería correr un Tour de France o un Giro de Italia?), en México, el ciclismo deportivo siempre ha estado bastante escondido de la opinión pública, de los medios de comunicación y de los discursos triunfalistas de nuestros gobiernos, pese a la gran representación que hacen, no sólo a nivel profesional sino también en competencias amateurs o “urbanas” a nivel internacional (ver: Red Hook Crit).

Desde que, el 25 de enero de 2004, el gobierno del Distrito Federal encabezado por Andrés Manuel López Obrador inauguró la ciclopista de Ferrocarril de Cuernavaca se comenzó a notar ese cambio de paradigma que, a nivel mundial, ha cobrado gran fuerza: un paradigma en el que se entiende a la ciudad como un “todo”, un lugar para disfrutar, para trabajar, para estudiar, para trasladarse, para convivir, para el ocio y para toda actividad humana más allá del lugar que sirve para movernos del punto A al punto B lo más rápido posible.

Parafraseándolo, podría decir que: Lamentablemente, desde que se utiliza más del 80 por ciento del presupuesto en infraestructura para el automóvil particular, se ha gestado una mafia de neoautomovilistas que sin respeto alguno utiliza las calles sólo para su beneficio: en 2013 se registraron casi 17 mil accidentes viales de los cuales el 76% fueron choques entre vehículos y mil 110 fueron atropellamientos, sólo en la Ciudad de México. Incluso, ese mismo año más de 21 mil automóviles particulares se vieron involucrados en alguna clase de accidente vial y casi 900 personas perdieron la vida en las calles de la capital.


También le podría contar que hace unos años, un conductor intentó arrollarme mientras circulaba por el carril exclusivo para transporte público y bicicletas que existe en Eje 7 Sur (seguro se acuerda del caso) o que hace unos días un chofer de Uber me arrolló mientras circulaba sobre la ciclovía (que aún existe) de Horacio porque quiso ganarle el paso a los otros autos que estaban parados en el semáforo que marca el cruce entre esta calle y Ferrocarril de Cuernavaca.

O le podría contar la historia de las bicicletas blancas que seguro ha visto colgadas en la ciudad y son pequeños cenotafios que nos recuerdan que un padre, una hija, una hermana, una madre, un amigo murió bajo las llantas de un vehículo mientras intentaban llegar a su casa, a su trabajo, a su escuela, a una fiesta.

Sin embargo, no es culpa de los automovilistas: es culpa de una ciudad que los ha consentido y mimado, ofreciéndoles todas las facilidades para que puedan ir más rápido y sin interferencias.

He ahí el cambio de paradigma: queremos una ciudad donde quepamos todos y eso significa quitarle algunos privilegios al transporte privado motorizado porque sin infraestructura segura y suficiente tenemos a peatones caminando por las ciclovías, a ciclistas intentando cruzar Tlalpan por un bajopuente porque es imposible cruzar sin aumentar el recorrido y a automovilistas estampándose a 140 kph en Reforma porque la calle lo permite.

También a ciclistas agandallando peatones en las banquetas pero, si se da cuenta, es la misma carnicería, tenemos una ciudad donde sobrevive el más fuerte.

Queremos dejar de sobrevivir en la ciudad, queremos una ciudad que funcione para todos y nadie esté por encima del otro sin importar su modo de transporte; una ciudad que dote de transporte público suficiente, seguro y de calidad a más del 70% de la sociedad que no tiene auto; una ciudad que no sea la más dolorosa para manejar cuando lo tengamos que hacer; una ciudad que en la que ir a trabajar en bicicleta no signifique un volado de vida o muerte; una ciudad que nos regale más alegrías que dolores, más felicidad que sufrimiento.

En esa ciudad que queremos hay banquetas por las que pueda pasar una persona en silla de ruedas o una carriola sin riesgo de caer o tener que bajar al arroyo vehicular; en esa ciudad hay ciclovías para que quienes no son tan “temerarios” como nosotros (que no nos molesta compartir el espacio con los autos) puedan rodar a gusto: sobre todo los más pequeños.

En esa ciudad que queremos hay transporte público suficiente, seguro, eficiente y de calidad para no ir “ensardinados”; en esa ciudad que queremos, manejamos a baja velocidad porque entendemos que compartimos el espacio con muchas otras personas y no todas tienen una estructura con bolsas de aire y frenos ABS que las proteja, y la infraestructura nos impide poner en riesgo nuestra vida y la de terceras personas cuando nos trasladamos. (Si le interesa saber más del tema, le invito a revisar el Manual de Calles. Diseño vial para ciudades mexicanas que realizó el gobierno federal en conjunto con otras organizaciones).

Termino haciendo un llamado a la empatía: el ciclista, el peatón y el automovilista siempre buscarán la ruta más corta y segura a su destino, ¿quiénes hacen más esfuerzo físico?;

En esta ciudad, ¿a quiénes se les da más facilidades? Quizá si empezamos por ahí entenderemos a esa “#MafiaDelPedal”.

Un último detalle, para su información: la Ciclovía de Horacio se volverá a colocar una vez que terminen los trabajos de repavimentación.

*Ari Santillán. Coordinador de proyectos de Comunicación en CityEs!

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