La bicicleta, contaminada por las reglas del mercado

La bicicleta, contaminada por las reglas del libre mercado

La bicicleta, objeto perfecto, fue contaminada por las reglas del libre mercado. El hombre moderno la asume como un adorno más para destacar entre sus pares, reflexiona en este profundo y provocador ensayo publicado originalmente en el Número 04 de Cletofilia impresa, el investigador Pablo Fernández Christlieb, quien es profesor del departamento de Psicología Social de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Texto: Pablo Fernández Christlieb

No hay muchos objetos perfectos. El Partenón tal vez, a la mejor los Beatles, quizá una sonrisa, pero el caso es que a mediados del siglo XX las bicicletas alcanzaron ese estado: una estructura tubular de esbeltez envidiable de sólo siete kilos de peso, capaz de transportar cosas que pesan quince veces más, donde ni la más mínima tuerca era superflua, por lo que además de ser extremadamente fotogénicas merecieron entrar a los museos, al igual que las cafeteras italianas o las sillas Thonet que de vez en cuando se pueden ver en el museo Franz Mayer. Lo malo de las cosas perfectas es que lo único que se puede hacer con ellas es echarlas a perder, siempre por la vía de aumentarle cositas, adornitos, comodidades, resortitos, como tantas que hoy en día se pueden ver; y lo que más se les aumenta es el precio, que a veces es el adorno que más les gusta a quienes la perfección les estorba.

En fin, los que van en bicicleta, el primer día que se avientan a salir andan todos nerviosos, y se asustan y se cuidan de los coches y los baches y los altos y los sigas, porque morir en los brazos de un Metrobús no es lo que se llama exactamente una muerte poética. Y es que todavía no se acostumbran a la calle ni se emparentan con su bici y son alguien que va sobre un vehículo extraño que parece endeble e inestable: todavía el ciclista y su bicicleta son dos cosas separadas.

Las mujeres son un poco más temerarias y descuidadas, no voltean nunca para atrás a ver si viene coche cuando se cambian de carril para rebasar a uno estacionado, seguro porque saben que en este país machista todo el mundo las está viendo y por lo tanto nadie las va a atropellar porque ya se fijaron muy bien en ellas, pero, paradójicamente, cuando los hombres voltean a ver una mujer en bici esperando encontrar quién sabe qué cosas, para su sorpresa se topan con un escenario inesperado: una mujer en bicicleta es la elegancia profunda, la simple, la que no necesita excesos para figurar, la que ni siquiera se entera cómo se ve ni se da cuenta de sí misma –porque si no se cae-, la sencilla, total, de una pieza, y es que, ciertamente, quien va en bici, no anda con pretensiones de que no se le vaya a arrugar el traje ni de cuidar su perfil de tres cuartos, sino que va, sin prisa y sin pausa, puramente serena, adonde se dirige. En Ámsterdam, la ciudad que desde el siglo XVI ha sido democrática y con un talento sin complicaciones para estar lo mejor que se puede en esta tierra, y que por lo mismo siempre escogió este medio de transporte, se ven pasar maravillas en bicicleta: señor de traje con su paraguas abierto, mamá con dos niños en la caja de enfrente rumbo al colegio, señorita con ramo de flores que le dio el señor del paraguas una cuadra antes. Qué cosa tan diferente de la ostentación patana de los que van con su camionetota y sus guaruras.

Cyborg de tecnología intermedia

Comoquiera, poco a poco, con la práctica, el ciclista empieza a acostumbrarse a la calle y a emparentarse con su bicicleta, esto es, a no sentirla como un aparato ortopédico sino a acomodarse en su forma y empezar a confundir los propios brazos y dedos con el manubrio y los cablecitos del freno, como si las venas y los impulsos neuroquímicos se continuaran en el cuadro de la bici, como si los pedales estuvieran hechos de tobillo y uno ya sintiera el aire de las llantas en carne viva y los baches en carne propia, o sea, que uno también se empieza a volver perfecto cuando se sube a una bicicleta.

Un ciclista y su bicicleta es un cyborg de tecnología intermedia, esos humanos que tienen piezas de robot, o esas bicicletas que tienen extremidades humanas, y uno ya no sabe cuál es cuál. Y evidentemente, como todo cyborg, las bicicletas son seres híbridos, mitad peatón mitad coche, y así se puede ver que se comportan como peatones cuando les conviene, para andar por la banqueta y pasarse los altos e ir en sentido contrario, y se comportan como automóviles cuando les conviene, para rebasar por la izquierda y tocarles el timbre a los transeúntes que no se fijan; y también así como la bici lleva al ciclista, en una de ésas el ciclista puede llevar a la bici para subir escaleras o meterse al Metro u otras ocasiones que lo ameritan.

“Las bicicletas son seres híbridos, mitad peatón mitad coche, y así se puede ver que se comportan como peatones cuando les conviene…”

Y por estas razones de integración completa, dice el Barón de Coubertin, el de los Juegos Olímpicos, que, contrariamente a lo que se supondría, la concentración mental del ciclista, que es literalmente de vida o muerte, es una concentración distraída, toda vez que ya no tienen que mirar con los ojos si viene carro, ni discurrir con el cerebro ni tomar decisiones de paso o no paso, sino que es una especie de atención que ya está incorporada a todo el cuerpo de este centauro (que es como se les decía a los cyborgs antes de que hubiera máquinas), a este organismo hecho de bici y ciclista, este bici-ciclista, biciclista pues, o bicicletos, como les dicen.

Y así, una vez quitado el pánico a los avatares de la urbe, una vez agarrado el paso de la bici, que es agarrarle el ritmo y el gusto, uno puede ponerse a divagar, a meditar sobre lo que quiera, o puede ponerse a olvidar si eso es lo que prefiere, poniendo la mente en el movimiento de los músculos; en suma, puede ponerse a pensar, pero no cualquier cosa que se le antoje, sino sólo lo que se puede pensar en una bicicleta, que siempre resulta ser un pensamiento rítmico, continuo, sin sobresaltos, de esos pensamientos que no lo sacan a uno de su atención distraída, de su distracción atenta, porque los pensamientos también van en bici, y lo van acompañando a uno. Es decir que en una bicicleta pueden aparecer ideas que en otro medio no se presentan.

En efecto, el pensamiento también tiene el mismo tono que el viaje de la bicicleta, y por lo tanto, la realidad o la ciudad que se presenta también es otra, diferente a la de los peatones y a la de los automóviles: podría decirse que son pensamientos de quince kilómetros por hora, a los cuales las casas, las caras, las esquinas, van variando sin que vayan perdiendo su detalle (a pie uno se ensimisma porque el paisaje casi no cambia y uno se cansa; en coche uno no ve nada porque las cosas pasan muy rápido, y aunque esté atorado en el tráfico, no le aunque, porque la prisa que traen en la cabeza sigue yendo muy rápido). En efecto, una bicicleta, aparte de un medio de transporte, es un modo de pensamiento, que lo transporta a uno, que va sorteando el camino entre el aburrimiento y la ansiedad, y por ende también es otra forma de la realidad, sin aspavientos ni contratiempos. Y por eso, a los ciclistas se les empieza a colar entre sus meditaciones la sospecha subversiva de que así, de este otro modo, podría ser la realidad, de que la vida puede ser aproximadamente como la bicicleta, no tan perfecta, pero casi.

El enemigo del vértigo cotidiano

En rigor, un mundo en bicicleta es distinto de este que tenemos, porque la manera de ser de las bicicletas descompone la maquinaria neoliberal en donde todos andan enfermitos como adictos en busca de dinero, buscando a quién aplastar para que no estorbe. Una bicicleta no puede ir más rápido de lo que va, y una bicicleta siempre prefiere ser bicicleta que llegar más rápido, por lo que ese vértigo de vida diaria donde hay que salir al cinco para las ocho para llegar a las ocho y cinco, como que a las bicicletas ni se les da ni se les antoja, y eso de que les dé tiempo de llegar al desayuno y al banco y a la junta y luego a comer ni les preocupa ni les acongoja, así que en bicicleta se puede prescindir de la vida dinámica y tan activa, rápida y furiosa, que hace verse tan bien a los ejecutivos.

En bicicleta es más bonito perder el tiempo que ganarlo. En bicicleta no se puede ir más lejos de lo que se va, y por lo tanto hay que despedirse de los parientes que viven pasando Santa Fe, que son los ejecutivos de aquí arribita, al igual de todos los lugares maravillosos cuyas coordenadas están en la fregada y de las mil cosas que hay que hacer en diferentes lados porque una bici, por definición, no es un rally de alto rendimiento sino un paseo que escoge muy bien a sus lugares, a sus asuntos y a sus amistades, porque no acepta a cualquiera.

“En bicicleta es más bonito perder el tiempo que ganarlo”

Por esto, las bicicletas reducen el tamaño de la ciudad y la vuelven de una magnitud más acogedora, más barrial, menos conurbada, y con eso, paradójicamente, la ciudad se convierte en un espacio más amplio, donde caben voces, silencios, lugares: donde volverían a caber niños jugando a la pelota y mamás echando chisme, y papás echando chelas, o viceversa. Y una bicicleta no puede cargar más de lo que carga, y por lo tanto hay que decidir muy bien que cosa se va a llevar, hay que calcularla, sopesarla, ponderarla, porque quien anda en bici sabe muy bien que lo que compre tiene que cargarlo, y si parte de la felicidad de la bicicleta es su ligereza, no entiende para nada la felicidad de las compras: el mundo de la bicicleta es más frugal, menos avorazado, más satisfecho de no necesitar nada que insatisfecho de necesitarlo todo. En un mundo de bicis no puede haber Walmarts o cualquiera otra de esas grandes superficies donde se va arrojando todo lo que se ve al carrito que es el que lo carga, y luego todo cargado a la tarjeta y luego todo cargado a las cajuelotas de los coches especialmente diseñadas para ir al súper.

Y un ser humano perfeccionado por su bicicleta resulta ser más razonable y mejor ciudadano. Y bueno, en un planeta urbanizado, donde todo sucede en las ciudades y donde el campo es nada más un lugar de donde traer comida y donde arrumbar las injusticias, puede argumentarse que la transformación de la sociedad también comienza en las ciudades, pero con el pensamiento actual que se genera ahí en plena urbe, uno que está hecho de estruendos, interrupciones, atascos, apretujamientos, es cosa de imaginar lo que pueda tener en la cabeza un diputado, un empresario, un comerciante, cualquiera que tenga que ganarse la vida allí: tendrá un pensamiento estruendoso, interrumpido, atascado y apretujado, de donde se puede concluir que no hay que cambiar la realidad con decretos sino transformar el pensamiento con bicicletas. Y ahora que por todo el mundo, Barcelona, París, Nueva York, Bogotá, Ciudad de México, se está poniendo de moda esta solución de dos ruedas y nada de ruido parecería que se pueden empezar a tener esperanzas e ilusiones.

Una bicicleta es la antítesis de una mercancía de consumo, ya que uno se compra una o la hereda y ya prácticamente la tiene para toda la vida; ejemplos de éstas son las típicas rodada 28 ó 26, las Benottos o Windsors de siempre, las únicas, ésas que usan lecheros, panaderos, mandaderos, veinteañeros, cuya característica básica es que no se descomponen porque tienen muy pocas piezas y todas son estándar, es decir, que cualquier tornillo sirve para cualquier bicicleta, y si a uno en una de ésas se le cae una rondana o una tuerca, es cosa de ir fijándose en el pavimento porque puede que ahí encuentre la que se le cayó al que venía delante.

“Una bicicleta es la antítesis de una mercancía de consumo, ya que uno se compra una o la hereda y ya prácticamente la tiene para toda la vida”

Cuba pudo resistir cincuenta años de bloqueo norteamericano con los mismos Oldsmobiles de antaño, y con las mismas bicicletas que les habían dejado porque éstas se pueden arreglar con ingenio y algún fierrito, el primero de los cuales no falta en la isla. En una de estas bicis eternas uno debe ir vestido de diario y si fuma, ir fumando. Y es de los pensamientos y las ideas que traen estas bicicletas desde donde se puede plantear otro tipo de realidad, una que pide ciudades para bicicletas, que son ciudades con otra forma y con otro pensamiento, con otro modo de ser.

El saboteador de la perfección

Pero no iba a estar tan fácil, porque el neoliberalismo, experto en vender hasta sus hipocresías, como los teletones, el ecologismo, la convivencia, la igualdad, ha ido colando entre las filas de las bicicletas a unos enemigos disfrazados, como espías infiltrados y saboteadores de la perfección: concretamente se trata de unos vehículos de dos ruedas, muy vistosos, que parecen bicicletas, pero no son, porque no son utensilios, sino gadgets, cuyo precio es de diez o veinte veces más, y que vienen montadas por unos tripulantes ñoños y políticamente correctos a los que les encanta hablar de lo sanas y divertidas que son, no sus bicis, sino sus bikes para que suene más chic y para que contraste con las biclas, así, “biclas” para que suene más naco, o sea más náhuatl, como cacles, que traen los que ni siquiera les alcanza para tener un coche; y hablan de la salud y la naturaleza y hacen excursiones y andan en grupos y consideran que la bicicleta es un factor de la unidad familiar, y dicen “rodar” en vez de andar en bici, y salen a dar vueltitas los días no laborales con una cantidad de aditamentos altamente tecnológicos, cascos aerodinámicos, lucesitas led que tienen que prender a mediodía porque si no para qué las compraron, cantimploritas con bebidas energéticas como si no hubiera misceláneas en cada esquina, alforjas que llenan de puras cosas que no necesitan pero que hay que llenar con algo, y frecuentan unos talleres que no son de talacha sino algo así como talleres gourmet, sólo para conocedores, y finalmente tienen escondido su coche a la vuelta de la esquina donde colgar sus bicis para largarse cuando se aburran.

Efectivamente, con tantos accesorios estorbándoles, no pueden traer el pensamiento de una bici, sino el de siempre, el del consumo de mercancías de las cuales su bicicleta es una de ellas; aquí la bici no es un modo de vida, ni siquiera un medio de transporte, sino un accesorio del automóvil, e incluso hay bicicletas de éstas que son marca Porsche o Peugeot, y por lo tanto no se trata de cambiar la realidad, sino de tener un gadget más desde el cual puedan mirar con desprecio a todos los ciclistas que verdaderamente lograron, a menudo con heroísmo y de vez en cuando con su vida, como lo recuerdan las bicicletas blancas, mantener la utopía del pueblo bicicletero durante cien años. Y por supuesto, los enemigos siempre tienen cara de que son los buenos, chapeaditos y sonrientes, y son los que conciben a las bicicletas como un aparato de gimnasio y un outfit con el cual verse bien relax sobre todo los fines de semana, pero que debe tomarse sólo como una diversión, y nunca confundirse con esas pretensiones cuasicomunistas de sustituir a los automóviles y de quitar las mercancías y otras señas del éxito; por eso les parece el non plus ultra de la pluralidad y la tolerancia (palabras que les encantan pero sólo las dicen entre los que son como ellos) que sigan construyendo dobles pisos, sigan abriendo estacionamientos, sigan dejándoles las llaves a los valet parkings y sigan sacando modelos de Land Rovers que vienen con su portabicicletas integrado, pero en el entendido de que una bicicleta no debe ser un modo de vida ni dar ideas raras, sino sólo otra forma sana de la ostentación: su nueva bici es como su nueva mascota.

Pareciera entonces que hay una guerra interna, una pugna de dos ruedas entre dos concepciones de la bicicleta, dos maneras de mirar el mundo y de pensar la realidad, y dos proyectos de sociedad, el de una sociedad del tamaño del ser humano y una sociedad del tamaño del dinero. Pero lo más curioso es que aquél que se sube por primera vez en una bici, nervioso y torpe, no sabe cuál concepción se le va a impregnar y en cual proyecto se va a acomodar, y por ende, entretanto andan todos juntos y revueltos en los paseos ciclistas, en las ciclovías, en las ecobicis, en las Brompton, en las Trek, en las de fierro, en las de aluminio, en las de fibra de carbono y en las de bambú, y entonces, por el momento, la única conclusión válida es que una bici es una bici, de suerte que mientras haya bicicletas circulando toda pugna hay que dejarla para después, porque sigue siendo preferible que haya bicicletas sangronas a coches muy amables.

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