Gisela Ochoa, espiando en las mochilas de los ciclistas

 

Como el adolescente promedio en México, intentó tener su primera borrachera a los 15 años. Algo normal. El alcohol le ocasionó úlceras en la flora intestinal y vomitar sangre. La tuvieron que llevar de emergencia al hospital. El diagnóstico: alérgica al alcohol. Cosa no tan normal.




Bajita, 1.54 metros de estatura, ojos permanentemente sorprendidos y conducta hiperactiva. Se considera adicta a los dulces. Me lo dice mientras dispara rayos láser desde las órbitas de sus ojos y se lleva un puñado de dulces rojos en forma de canica. Cuando termina una frase está comenzando la que sigue y su ceja derecha parece preparar dos ideas más. Pero nunca pierde la secuencia. Habla rápido pero no marea.

Gisela lleva casi dos años fotografiando a cientos de ciclistas urbanos para una exposición que está preparando. Se llama Todo lo que somos. En este tiempo ha conocido el interior de las mochilas de quienes han posado para su cámara, pues el trabajo se trata de exponer a manera de radiografía fotográfica lo que los ciclistas urbanos llevan consigo en sus bultos y así saber más sobre sus vidas. Espiar a través de lo que ellos no muestran mientras ruedan.

En su recámara, en casa de sus papás, está escondido un libro del fotógrafo Jan Saudek, uno de sus artistas predilectos. Las fotografías del checo causan la perturbación de la mamá y de algunas visitas. Los retratos coloreados por Saudek muestran penetraciones, flagelaciones. Una mujer desnuda con calcetas hasta la rodilla apuntándose la boca con un revólver. Ya saben, lo normal…

En realidad no es un libro lo que oculta Gisela, es esa “atracción por lo diferente”. La misma que la llevó a escribir su tesis de titulación sobre la teratología (malformaciones genéticas) en el cine. Sí, cosas realmente diferentes.

Su rostro tiene una colección de 26 años de cicatrices, resultado de su hiperactividad desde niña. Por convertir un bote de basura en un caballo de carreras, por querer correr antes de aprender a caminar y tropezar con un gato hidráulico incrustándose un clavo en la frente. Por manejar a exceso de velocidad un carrito de pedales, chocar y partirse el labio en dos partes. Pero la cicatriz más profunda, la que le cambió el rumbo de su vida es una en el corazón: muy común.

Viajó a Madrid para tomar un curso de diseño gráfico, pretexto para seguir al amor de su vida. Él la esperaba con un mazo para hacer trozos sus sentimientos, arrastrarlos con una escoba hacia el recogedor y tirarlos en el bote de basura. Dos amigas le recetan como antidepresivo andar en bicicleta para conocer la ciudad. Luego de 11 años de no subirse a una bici se trepa y comienza a recobrar la alegría poco a poco.

Al regresar a México, su presente era un lienzo en blanco. La oportunidad para crear la fotografía de su propia vida. El primer elemento que colocó, fue una bicicleta. El resto, es un juego de elementos cotidianos que van de lo común a lo extraño. Como el retrato de un artista checo.

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