El placer de pedalear, cuento erótico bicicletero

Les compartimos el relato que ganó el primer lugar en nuestro concurso de Cuento corto erótico bicicletero. Autoría de Efra Tzuc. Abran los ojos, la mente y disfruten.

Autor: Efra Tzuc | Ilustración: Carlos Ríos

La rutina ininterrumpida de regresar a casa. Un largo día. Pedaleo en las calles solitarias de la ciudad, en este invierno, que si bien no es castigador, se deja sentir de rato en rato provocando un leve temblor en el cuerpo.

Es la 1:15 de la mañana y aún quedan cerca de 20 minutos de camino. Mis piernas constantes siguen pedaleando contra la noche. La lluvia matutina me dejó sin ropa interior, por lo que el frío se deja sentir en cada centímetro de mi piel. De repente, un tope se atraviesa en mi camino y yo siento un inusual cosquilleo subiendo por mis muslos desnudos.

El camino se vuelve más accidentado, las vibraciones incrementan y percibo con mayor intensidad aquel cosquilleo. Trato de ignorarlo, pero la curiosidad siempre puede más.

Una curva y un alto imprevisto me hacen apretar los frenos de golpe y me deslizo sobre el asiento, haciendo fricción con su firme textura. Un gemido escapa de mi boca. Y sonrío.

La complicidad y la soledad de la madrugada me animan a seguir pedaleando mientras exploro aquella sensación en este espacio poco conocido de mi cuerpo, aquel canal entre el pene y el ano, aparentemente neutro.

La forma del mi sillín que me parece perfecta, me invita a clavarme más y más en él mientras pedaleo con fuerza. Suspiro y siento caer el sudor, el invierno se quebró ante la calentura que mi bici me provoca. Otro semáforo. Aprovecho para tomar aliento mientras contemplo la evidente erección que se marca en mi pantalón. Poco importa, las calles están vacías y mis ganas son muchas. El sillín queda estratégicamente entre mis nalgas, me inclino un poco para sentir esa leve pero suficiente presión que me prende más. No puedo evitarlo y me dejo caer en el manubrio, sacando un leve sonido que es suspiro y es gemido, es un poco de ambos.

Se pone el verde. Vuelvo sobre el sillín, empujo el pedal hacia adelante y hacia atrás, rompiendo el trance. Me inclino sobre el manubrio para reducir la resistencia al aire. Me recargo en los pedales y bajo hacia el tubo de mi cuadro, tan firme. El contacto entre la delgada tela del short y el tubo es instantáneo, provocando una descarga eléctrica desde la base de mi pene, que se extiende a lo largo de mi columna y eriza cada poro de mi piel. La sensibilidad es mucha. Decido sentarme de nuevo y suelto el manubrio. Mis brazos instintivamente se extienden, haciéndome disfrutar de la libertad de moverme con mis propias piernas.

Cierro los ojos un microsegundo, el más eterno. El frío viento me castiga con un fuerte latigazo sobre el pecho, erizando mis pezones. Inmediatamente mis manos los buscan, encontrándolos totalmente erectos, como mi pene que apunta firmemente hacia adelante. Los froto, los pellizco. No puedo más y lanzo un bramido a la desierta calle. La respiración se entrecorta. Mis dedos siguen jugueteando salvajemente mis pezones arrancándome suspiro tras suspiro, bramido tras bramido. El viento hace su parte acariciando mi cuerpo, mi cuello, masajeando mis brazos. Me levanto un poco la playera para sentirlo en mi vientre.

Retomo el manubrio. Incremento la velocidad del pedaleo. Las vibraciones aumentan, mi mano derecha se vuelca sobre mi pezón izquierdo, mi pene se restriega indiscretamente en el sillín, el viento roza mi cara, revuelve mi cabello, mi cuerpo se tensiona, mi respiración se vuelve más intensa, los ruidos de la bici se armonizan con mis gemidos, con mis suspiros, el cosquilleo domina mi cuerpo entero y exploto. Exploto empujando el pedal profundamente hacia adelante y levantando todo mi cuerpo, penetrando al aire. Exploto con un quejido que sale desde lo profundo de mi zona pélvica. Exploto con un temblor que recorre todo mi cuerpo y hace temblar mis piernas. Exploto a chorros, cerrando los muslos, apretando la mandíbula, contrayendo el ano, expulsando contra la tela del short cuatro eternos disparos de semen. Exploto, exploto, ¡exploto!

No dejo de pedalear. Tomo mi cabeza con ambas manos. Mi respiración sigue acelerada. Mis piernas aún tiemblan. Disminuyo la velocidad, siento el semen resbalar por mis muslos para caer en la calle o enredarse en mis vellos. Inspiro profundamente. Mi pene se transforma en un pedazo de carne flácida y húmeda. Mis latidos se tranquilizan y, lentamente, regreso del éxtasis orgásmico.

Mis piernas y mis manos instintivamente me guían hacia casa. Llego. Guardo mi bici. Me meto a la regadera para limpiar la evidencia de nuestra aventura. Pienso en el próximo viaje, montarla, montarme. Sonrío.

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  1. […] parte de ellos, y con ella se relacionan con el entorno de una forma más amable, pero sobre todo se relacionan consigo mismos, en algunos casos literalmente […]

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