Bicicleta azul sobre puerta azul de madera

Dicen que la bicicleta es para los pobres

Existen argumentos para promover el ciclismo urbano que, a pesar de no ser contradictorios, se sobreponen. Hay discursos que suenan más seductores o convincentes que otros. Éstos son utilizados en mayor frecuencia y suelen tener un mayor “peso social”, es decir, son mejor aceptados.

Texto: Efraín Tzuc*

Para entrar en tema, uno de estos argumentos me parece que sirve para empezar un debate (así es, esta es una invitación para quien quiera debatir a manera de reflexión personal, con sus compas o en la sección de comentarios de esta misma publicación) sobre los retos que van más allá de las cuestiones técnicas del ciclismo urbano:

La bicicleta no es un vehículo para pobres

Una parte del movimiento ciclista ha promovido la desestigmatización del uso de la bicicleta como vehículo para los pobres, como estrategia para subir a este vehículo no motorizado a personas de ingresos medios y altos, a través del rompimiento con ese estereotipo aparentemente negativo, o al menos no deseable. Un estereotipo sobre un vehículo (la bicicleta), no sobre unas personas (las pobres). Es decir, este argumento pretende desvincular a la bicicleta de la pobreza. Es un argumento afirmativo en el sentido de que la bicicleta es un vehículo que no significa pobreza, pero deja una ambigüedad sobre la relación que existe entre la pobreza y el uso de la bicicleta, que me parece extremadamente lógico e importante.



¿Qué se hace para desvincular el uso de la bicicleta con la pobreza?

Se resaltan referentes que rompen con ese estereotipo. Referentes que proponen nuevas relaciones: bicicleta y naturaleza, bicicleta y éxito[1], bicicleta y creatividad, bicicleta y belleza[2], bicicleta y buena ondita. Es decir, elementos que queremos y podemos incorporar a nuestra vida, y que son socialmente valorados.

A la par, se evita la asociación entre las representaciones sociales de la pobreza y la bicicleta, y es ahí donde radica el problema, porque negamos una realidad con expresiones cotidianas diversas que sí afecta la movilidad de las personas y sobre la cuales muchas no pueden decidir.

Negamos a la bicicleta como herramienta de trabajo, negamos a la bicicleta que no es estética (la que no tiene colores de moda, ni luces, ni timbre, ni un buen sistema de frenos) y sobretodo, negamos a quien la maneja: principalmente un hombre trabajador obrero o campesino, una mujer trabajadora ama de casa, personas que no tienen un ingreso monetario que les permita priorizar en tener una bicicleta en buen estado, luces, chaleco reflejante, y menos aún, casco. Personas que viven en la periferia de la ciudad y que su movilidad está fuertemente condicionada a su ingreso monetario, personas que tal vez no eligen la bicicleta porque es una opción saludable, no contaminante, económica, etc., sino porque no tienen otra que elegir por los costos de transporte y la distancia del viaje. Personas que tal vez incluso deseen un automóvil pero no puedan pagarlo.

Esas imágenes no las queremos en nuestros carteles para promover el ciclismo urbano desde las organizaciones ciclistas, tampoco en la difusión de la política pública por parte de las autoridades, no está en los reportes de movilidad de las organizaciones que tratan el tema, tampoco en la mayoría de los blogs de ciclismo urbano. Esa parte se niega porque no es deseable.

Apuntes para la acción

Como mencioné al inicio, los argumentos no son contradictorios, pero se sobreponen. Sí necesitamos vincular a la bicicleta con otros elementos que nos sean próximos, pero también creo que debemos reconocer todas las formas y motivos para usar la bicicleta, como la pobreza.

Sin lugar a dudas la bicicleta es un vehículo con un potencial grandísimo para combatir la desigualdad, podría ser un símbolo de justica social en cuanto a la gestión y el uso del espacio público, en el hacer y vivir la ciudad. Personalmente creo que la pobreza en sí es un problema que nos aleja de la ciudad humana en la que queremos vivir y que la bicicleta puede ser una herramienta de transformación. Para ello debemos resignificarla.

Este proceso de resignificación me parece que ocurre con la instalación de Bicicletas Blancas (ghost bikes) porque le da nombre e historia a quien es asesinada por ser ciclista en ciudades que están hechas para automóviles. Para la instalación de una bicicleta blanca, en la gran mayoría de los casos hay un acercamiento con familiares, se le da un nombre y una historia – por más breve que sea – a la ciclista. No se niega ni se obvia su historia, se hace presente como parte fundamental de la razón por la que usaba ese vehículo.

Si bien el objetivo de la Bicicleta Blanca no es promover el ciclismo urbano de forma directa, la denuncia que en sí misma es, me parece que nos enseña la importancia y la necesidad de incluir expresamente la diversidad de razones, condiciones, situaciones e identidades de la comunidad ciclista de nuestras ciudades a la hora de promover acciones a favor de nosotras mismas.

Si queremos ser incluyentes en nuestro activismo con las personas ciclistas pobres, lo menos que podemos impulsar es que utilicen la bicicleta de una forma cómoda, segura y digna. ¿Qué significa eso? Debemos averiguarlo, no suponerlo. Y eso nos obliga (a quienes aceptemos el reto) a diseñar estrategias para entablar diálogos con las personas ciclistas pobres de nuestra ciudad y conocer cuáles son su razones para moverse en bicicleta, cuáles son sus riesgos cotidianos, cómo se podría mejorar su situación y comprometernos con esas demandas.

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[1] El imaginario de éxito que corresponde a un hombre mayormente blanco con traje y maletín, eso que normalmente visualizamos como un “hombre de negocios”.

[2] La belleza cosmetóloga que rinde culto al cuerpo delgado, espiritualmente equilibrado y deseable.

*Efraín Tzuc (@efra_tzuc). Ciclista, nutriólogo y feminista. Colabora con el Observatorio de Movilidad. Sostenible de Mérida (@MovilidadMerida) y con la Red Nacional de Ciclismo Urbano de México (@BiciredMx).

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