La bicicleta lo ayudó a salir de la depresión

La bicicleta lo ayudó a salir de la depresión

Pavel vivió uno de los años más difíciles de su vida. La ruptura de una larga relación amorosa fue el inicio de una cadena de sucesos emocionales fuertes. En este texto nos comparte cómo la bicicleta lo ayudó a salir de la depresión.

Hay veces que cuando más  confiado te sientes con tu vida, es cuando menos segura la tienes.  A veces es así, a veces la vida muestra sus colores obscuros y te sientes como en un pozo, atrapado.




Texto y fotos: Pavel Castillo Zamora (community manager de Kathartiko)

El 2016 me trajo los momentos más duros de mi vida, primero la ruptura de una relación larga y como todos los clichés, ahí está uno pensando que un clavo saca otro clavo, que el mar está lleno de peces y que las cosas cambiarán para bien.

El clásico: “de aquí en adelante no puede ser otro camino que no sea para arriba” había tocado fondo. Bueno, esa es otra sorpresa que la vida está dispuesta a darte, las cosas nunca están tan mal como para no poder empeorar.

Llevaba unos meses de haber enfrentado esta pérdida personal y a pesar de que parecía lo más duro de la vida se viene el fallecimiento de un familiar muy cercano, mi tío materno.

Fue un suceso desgarrador para ese lado de la familia, mi madre que vivía lejos tuvo que venir al país al funeral en medio de problemas de salud,  que ya venía arrastrando de hacía algún tiempo.

Ahí estábamos, mi hermano, mi madre, tíos, primos y primas todos juntos, en la pena de la muerte de uno de los miembros más queridos de la familia. El más joven de los tíos, el más cariñoso, el carismático.

Entonces comenzaba a darme cuenta de eso, que la vida puede mostrarte que las cosas pueden complicarse y que sufrir por amores está muy por debajo del dolor que significa perder a un tío, un hermano, un padre.

Eso fue en abril, me tocó ver a mi madre envejecida, lastimada, reducida. La muerte de su hermano la tenía destrozada, pero en realidad su salud estaba mermada desde antes, no lo sabía.

Eso parecía ser lo peor que podía suceder en un año. Ahí me encontré a mi mismo tratando de ser positivo, pensar en que la vida era eso, tenerla y saber que las cosas pueden cambiar pronto y que hay que hacerla valer.

Me subí a la bicicleta para seguir avanzando

Comencé a ver en los pedales una forma de hacer eso, de disfrutar la vida. Viajé con mi bicicleta, no en ella  pero la llevé conmigo a varios lugares para usarla, me daba calma y me ayudaba a llevar las cosas. Eso tiene la bicicleta, te da la posibilidad de meditar, de reflexionar, de respirar (literalmente).




Y entonces, cuando estás comenzando a sentir que ves la cresta de la subida, es como cuando las piernas arden y sientes que estás por lograrlo, pero llegas ahí y ves que hay más subida por delante. Justo así, mi madre cayó enferma.

Una mañana recibí una llamada de mi tía, la mayor, que me decía que mi madre estaba mal, que yo debía llamarle.

La bicicleta lo ayudó a salir de la depresión

Habían sido días difíciles, todavía no hacía un mes de la muerte de su hermano así que pensé que mi madre estaría en medio de la tristeza y necesitaría todos los ánimos que le pudiera dar para motivarla. La verdad es que yo ya veía las cosas de una mejor manera aunque no dejaba de sentir una pena en mi interior, pero una pena que no dejaba que se apoderara de mi.

Hablé con ella, y pues en realidad tuve razón, sí había depresión, pero mi mamá tenía además un problema físico. Ella había sufrido una caída en noviembre del año anterior, parecían haber sido golpes en piernas, manos  y un pequeño golpe en el hombro. El malestar en realidad no se fue, mi madre estaba en dolor, no se aliviaba y empeoraba.

Fue angustiante saber que mi madre ya no podía levantarse a trabajar. Mi madre, 64 años y muy trabajadora, ahora estaba ahí, imposibilitada por un dolor.

Me comuniqué con ella a diario por 4 días, normalmente nuestra comunicación era semanal. Una mañana mi madre no respondió mis mensajes ni mis llamadas.

Entonces llegó la llamada, esa llamada que nunca quise recibir, que no quiera haber recibido nunca. La llamada de mi tía, su hermana, que solo pudo decir: “Tu mamá mijito, tu mamita” entre lágrimas. Yo lo sabía y aún así no podía creerlo. Apenas había pasado un mes desde la muerte de mi tío y ahora mi madre había fallecido.

Cuando piensas que nada puede ir peor

Cuando crees que no puedes hundirte más te encuentras en la peor de las tristezas. Quien lo ha pasado seguro lo sabe, no hay un dolor parecido, ninguno.

Rompevientos ciclismo
Se iniciaron los trámites, mi madre vivía en los Estados Unidos, la situación fue dura y tardada, nada fácil para poder superar lo que sucedía.

Después de dos meses de vuelta a la realidad, volver a la rutina y al trabajo con una pena tan grande es garantía de que las cosas se van a complicar.

Me volví intolerante, irritable, depresivo. No soy el mejor ejemplo de una persona alegre ni optimista pero me volví algo sumamente opuesto.

Cuando estás en ese estado es cuando te das cuenta de que no eres tú, eres una sombra, un ser parecido a ti, a lo que eras, pero ya no eres tú.

En esos días llevaba unos meses viviendo en el mismo lugar en el que trabajaba, la bicicleta era mi medio de transporte y los momentos en los que la usaba eran básicamente para transportarme de la casa al trabajo y viceversa pero ahora ya no la usaba pues para ir del trabajo a la casa solo debía cruzar una puerta.

Pase días sin salir del lugar, si no tenía que salir a comprar algo para comer no ponía un pie en la calle, esa es la mejor receta para una gran depresión.

La gente que se preocupa por uno, familia y amigos tratan de ayudar, te “sacan” a distraerte, esa es buena idea porque la mente se estanca, no piensa con claridad, se contamina consigo misma.

Aún así el alivio dura solo las horas que uno está fuera de casa, pero uno debe volver, uno vuelve a encerrarse.

De esos amigos hay algunos sobresalientes, ya sea porque es un amigo de mucho años que te procura y se acerca y está presente, o la amiga que es psicóloga y a pesar de los conflictos éticos de su profesión te ayuda sin comprometerlos demasiado, te da información y te escribe a diario.

Aún así, no fue sino hasta el momento que volví a sacar mi bicicleta a la calle, a pedalear hasta que las piernas no tenían más fuerza y solo quedaba dolor en ellas, que comencé a sentirme mejor.

La bicicleta me devolvió a mi mismo

La bicicleta se volvió a apoderar de ese lugar que siempre había tenido en mi vida, desde que tuve mi primer bicicleta a los 2 años de edad. Volví a salir a la calle, a tener ganas de salir, y solo para andar en ella, pasar entre los autos, dejar que la mente se encargara solo de calcular el espacio entre los espejos laterales de dos autos, pensar si es suficiente para pasar, lograrlo, pensar ahora si esa persona puede cruzar la calle sin verte y estar alerta.

Ocupar la mente en algo sencillo como no darte en la madre, algo simple, básico: sobrevivir, es instintivo pero parecía olvidado. Lo importante era dejar de pensar, dejar de pensar en lo mal que habrían ido las cosas durante ese año.

Un día estaba yo sintiéndome mejor, limpiando mi bici para irme a pasear, habrá sido un domingo. En ese momento la vi, y me di cuenta de que era algo más que una máquina simple, era una medicina, era una motivación.

Ella junto con mi amiga psicóloga que ahora era mi pareja, me estaban salvando la vida. Decidí que no la dejaría, que mi vida dependía de eso, que tenía que salir de esta, como cuando las piernas te llevan muy lejos de casa y estás agotado, pero sabes que te falta pedalear de vuelta a casa, ya no parecen quedar fuerzas, pero la alegría del recorrido te motiva a volver, a dar hasta el último pedalazo hasta que estás en casa nuevamente, cansado pero feliz. Vivo.

3 comentarios
  1. Saimiy chong
    Saimiy chong says:

    Siii! Pável perder a la
    Mamá es cuando realmente nos cortan el cordón umbilical.

    Seguramente te seguirán llegando más motivaciones a tu vida que harán que sigas viviendo feliz pues eres una persona con una alta calidad humana

    Responder

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